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La pericial médica, Artículos y entrevistas  Dr. Superby

 

 

 

Sobre el dolor y el sufrimiento

 

JOSÉ ANTONIO
GUTIÉRREZ FUENTES
Director de la Fundación Lilly

 

 



"La práctica demuestra que no hay nada que atemorice tanto a los enfermos como el dolor y su falta de explicación. El diagnóstico facilita la asunción del dolor y disminuye el sufrimiento"
 

 



"Es importante que el paciente analice libremente y con plena autonomía las implicaciones de los tratamientos propuestos y participe con la familia y el equipo médico en las decisiones"

El autor analiza las diferencias entre el dolor, como reacción sensorial objetiva, y el sufrimiento, de carácter personal, subjetivo e intransferible. En su opinión, el médico debe procurar que el paciente reconozca y observe su situación y no limitarse a decirle o imponerle lo que debe hacer.

 


En palabras de David Le Bretón, en su Antropología del Dolor, "sufrir es sentir la precariedad de la propia condición personal, en estado puro, sin poder movilizar otras defensas que las técnicas o las morales. De manera implícita, en la palabra sufriente se expresa una demanda dé amor, una llamada a estrechar los vínculos afectivos".

 

El sufrimiento tiene su origen en la reacción individual ante determinados hechos o circunstancias, condicionada por la personalidad y el medio social o realidad en la que se desenvuelve el sujeto que lo experimenta. No lo produce la realidad, sino la mente en la que se arraiga el deseo, la exigencia, los prejuicios, los miedos, etc. Por ello, el sufrimiento es siempre individual, propio, único e irrepetible, y puede poseer un significado trascendente.


Por el contrario, entendemos por dolor una reacción sensorial ante determinados estímulos que el cerebro percibe como desagradable. El dolor provoca alarma y lleva la atención hacia nuestro cuerpo, en tanto que el sufrimiento conduce a plantear preguntas más complejas y existenciales; desde el por qué inmediato hasta otras más profundas relacionadas con la vida misma y nuestra exis­tencia en particular.

 

El que sufre tiene necesidad de conceder un sentido a esa situación y para ello busca el apoyo y comprensión de los que le rodean. Está claro que el dolor es una experiencia indeseada y de la que queremos librarnos, o al menos hacerla llevadera para convivir con ella y uno de los modos de paliarlo, de hacerlo soportable, es atribuirle un sentido, venciendo el miedo que nos inspira; para ello es imprescindible poder hablar de él y de sus causas.

 

La práctica y la ex­periencia médica demuestran que no hay nada que atemorice tanto a los enfermos como el dolor y su falta de explicación; ello no significa que el paciente tenga que, o incluso quiera, conocer toda la verdad respecto a la causa, más bien lo que busca es una explicación suficiente que sea el asidero al que agarrarse para afrontar la situación.

 

De ahí que el diagnóstico y la explicación, basadas en una imprescindible relación de confianza entre médico y enfermo, faciliten la asun­ción del dolor y contribuyan a disminuir la intensidad del sufrimiento.


La Ética se interesa por la actuación del hombre en tanto su conducta se rige, orienta e inspira por valores y actúa según con­ceptos predefinidos de deber, justicia, etc. Ahora bien, la mayoría de estas acciones las llevamos a cabo de un modo casi espontá­neo y natural -convivimos, desarrollamos nuestro trabajo, nos relacionamos con los demás, formamos una familia- sin esfuerzo aparente, ni sensación de lucha o tensión. En cambio, en otros momentos, la acción es más compleja al contraponerse posiciones o ideas, al intentar hacer prevalecer posturas y al manifestarse contradicciones, viviéndose como un conflicto interno.

 

 

Cuando el hombre, libre para actuar, se hace consciente de su indefinición surge la ansiedad, el desconcierto, la duda, el temor y la angustia. Y, cuando se hace patente el fallo o el error, surge el sentimiento de cul­pa, pesar y/o remordimiento y con ello las preguntas: ¿qué es lo correcto? ¿Por qué? ¿Qué es lo que debo hacer? Es entonces cuando se pone de manifiesto el carácter hu­mano y moral de nuestras actuaciones y donde la necesidad de la ética encuentra su justificación.


Sin embargo, hoy se acepta que los principios del conocimiento moral, abstractos y formales no son suficientes para resolver los muy diferentes conflictos y problemas de la vida cotidiana y que deben imponerse argumentos de índole más práctica que teórica. Pero, esta concepción de la ética no siempre es fácil de llevar a la práctica.

 

Al aceptar la ética como algo carente de referentes absolutos nos encontramos en la situación de en­frentar, con una voluntad débil, ignorante y cambiante la realidad del día a día, que puedes ser buena o mala, pero en cualquier caso compleja, confusa y ambivalente como lo es la misma vida y que nos devuelve a la reflexión moral. Sucede así con las actuaciones ante el enfermo con dolor, el que sufre o el paciente terminal en las que se ha de asumir e integrar por un lado la indeterminación, la duda, la incertidumbre, y por el otro la deliberación juiciosa y fundamentada ante una situación individual, concreta, compleja y variable en cada caso.
 


El papel de la medicina



Entre los grandes temas actuales objeto de discusión por la bioética se encuentra el pa­pel de la medicina ante decisiones de vida o muerte, y por tanto, la ética de la muerte y del morir.

 

La bioética pretende regular la interacción entre el que posee el conocimien­to y aquél al que se le ofrece y puede recibir su aplicación práctica, siempre orientada a ayudarle en la solución de los problemas que le aquejan. De ahí la importancia -en la rela­ción entre médico y enfermo- de que el paciente analice libremente y con plena autonomía hasta donde su conocimiento se lo permita y aconseje, las implicaciones de los tratamientos propuestos, y participe con su familia y el equipo médico en las decisiones.

 

No dejan de ser los pacientes quienes asumen la aplicación de una u otra prueba diagnóstica o tratamiento, y el médico el que se responsabiliza de su prescripción.


Pero, volviendo a la reflexión sobre el dolor y el sufrimiento, no debemos concluir sin recordar la individualidad de cada situación. El dolor no siempre es causa de sufrimiento ni éste requiere del dolor para manifestarse. Sus límites no son precisos y de esta indeterminación surge la necesidad de una interpretación ética.

 

El dolor puede ser estudiado en su significado y, como proceso fisiológico, tratado y controlado por el médico. Lo ético tiene que orientarse a procurar que el paciente reconozca y observe la realidad de su padecimiento más que a decirle lo que debe hacer.


El sufrimiento es una vivencia profunda, personal, subjetiva e intransferible que tiene relación con el ethos y la experiencia humana, y ante la que sólo cabe la comprensión y el apoyo. Éste es el dilema ético. En este entorno, y en esta necesidad de saber que ha­cer en cada momento, desarrollan su actividad y asumen su responsabilidad ante el en­fermo que sufre, los médicos y enfermeras ante el enfermo que sufre, en la mayoría de los casos valiéndose de su experiencia y una ética que, afortunadamente, aún se mantiene bastante próxima a la fronesis aristotélica y la sabiduría, la prudencia y el sentido común de Tomás de Aquino.

 

 

 

 

         

 

 

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